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La Coctelera

A través del cierro

La obra de un templo que no termina

24 Octubre 2007

Madre de puto

Desmadrado. Ese debería ser el peor insulto que existiera. No tener madre. Y es lo que les debe pasar a ciertas escorias con patas que ocupan los metros cuadrados de nuestro país inútilmente. Me refiero, entre otros, al energúmeno que arremetió contra una chica ecuatoriana en un Metro catalán. Y es que, mientras que algunos vienen a este país buscando un porvenir como buenamente pueden, la peste que se ha parido en esta Ibérica Península se cree con derecho a ‘invitar a marcharse’ a aquellos inmigrantes.

¿Qué pinta ese individuo aquí? ¿Qué aporta? Estamos hablando de nostálgicos que se perdieron en el sueño de la cruz gamada, y que ingenuamente sueñan con una teórica limpieza étnica. Hace mucho tiempo que este Mundo no tiene razas, y se divide entre los que viven y los que no dejan vivir. A estos últimos es mejor tenerlos entre rejas, y que entre ellos se peguen patadas y se toquen los pezones.

Tampoco debe tener madre aquél que en Valencia ha asesinado de un puntero golpe a un chaval que se limitó a impedir que ese idiota insultara a su mismísima novia. Hala, por meterse en ‘cosas de pareja’, ahora está dentro de un nicho. A todo esto, el troglodita sigue en la calle, quién sabe si de la mano de la propia muchacha (algunas tienen el horrible afán de perdonar).

Con ese plan, es buena la memoria histórica, que no histérica. Es bueno recordar de dónde salimos, quién nos cambió los pañales, quién nos metió a la fuerza los potitos y quien llora y no levanta cabeza ahora en su casa pensando en cómo pudo haber hecho su hijo. Qué asco más grande deben sentir las entrañas de una madre pensando que han parido semejante peste humana. Toda una muerte en vida la de esas mujeres: para siempre inmigrante y maltratada por el maldito fruto de su vientre. Más que ellos hijos de puta, éstas son madres de puto.

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Núñez de Herrera

Núñez de Herrera dijo

Lo más sordido es que la civilización que somos consume el video del metro de Barcelona por gula de miseria.

Somos una generación miserable. Necesitamos nuestra dosis diaria de aberración para sentirnos vivos. Si es necesario, pagamos incluso 1.000 euros al agresor, para que salga el ruedo, y el público se divierta, pidiendo su muerte (la víctima, por supuesto, no importa lo más mínimo, sólo el espectáculo.

Y ya se sabe: nunca hubo juventud mejor que la nuestra.

25 Octubre 2007 | 03:55 PM

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