Ayamonte es un reo en la cárcel que a través de la reja del Guadiana habla en un bis a bis con Portugal. De noche dicen que el río transporta botellas con mensaje en la lengua universal: el paisaje. Al fondo un castillo lusitano iluminado, el Castro Marín; enfrente, el campanario de las Angustias. Por las laderas se desciende como el final de un soneto, impaciente, hasta llegar al curso que besa el Atlántico. Vivir al borde de un país es dulcemente confuso: la equidad entre las matrículas de ambos estados confunden el lado en el que se está. Es más que tierra de nadie, tierra de todos. Una raza mestiza de portugueses con la gracia de Andalucía.

El pueblo es poliédrico: un embarcadero abajo y la iglesia del Salvador arriba, a modo de Balcón de Portugal. Por La Villa, su barrio más típico se desciende gozosa e irrefrenablemente hasta el muelle, parando antes en la ermita del Socorro, en donde el Nazareno, aquí llamado Padre Jesús, parece ser el abuelo que cuenta la Historia que sólo sus ojos vieron, siempre que la cruz se lo iba permitiendo. Por la noche, se alza como beso blanco, el triunfo de la Inmaculada. Tan Cieguecita no sería la de Montañés, que no hizo ascos cuando aterrizó a orillas del Guadiana.

Sus habitantes son finales, fronterizos. Es una raza intermedia entre lo costero y lo interior. Ser de Ayamonte es contener en sí una peculiaridad de cara a los demás. Es ser embajador y aduanero a la vez; por su mente campea un fado en andaluz, o quizá un fandango portugués. Cosmopolitismo rural, podría llamársele. Lo que es obvio es que nada recuerda a otro lugar. Ayamonte es literalmente única., pero pieza por pieza. Persona por persona. Ésa es la gracia.
Ayamonte. El barrio de La Villa, con el Guadiana al fondo

Orgullosa de su belleza, empero desconfiada por tal don, se esconde Niebla tras su muralla. Si hasta aquí vino, aún puede, ante una de sus puertas, valorar el viajero si es digno de adentrarse en su caserío. Toda una duda filosófica que emana como si lo hiciesen los humos de las chimeneas de los lares, a intramuros. Edén nazarí, aldea de Astérix o quizá una Troya andaluza.

En base a lo último, Niebla te recibe con mudas ruinas. Las de la iglesia de San Martín, mudéjar inmortal que malherida aún desafía y por supuesto impone. Menos a los nativos, familiarizados con su hiperbólico ábside, que juegan a la pelota de muro a muro, mientras la bicicleta descansa mirando la portada de piedra. Ambas se extrañan y revisan, pues no son contemporáneas. Pero ignoran que viven fuera de su tiempo.

La Granada. Ese es el nombre de la iglesia más hermosa de toda la provincia de Huelva. Lo primero que impone es el nombre de la calle en donde se alza: San Walabonso. Este Santo, paisano, es copatrono de Niebla junto a su hermana María, y ambos fueron martirizados en Córdoba en 851. En la misma calle, aunque mirando de reojo, se alza la hermosa Casa de la Cultura. El nombre acudió a su fachada como un toro al capote. La iglesia de Santa María de la Granada de Niebla tiene un compás y una puerta a medio abrir. Esas puertas que dicen ‘pasa’ como nunca las transmitirían esas que están abiertas hasta sus topes. El soniquete de rigor de sus bisagras -como un suspiro: ‘Por fin alguien no me encuentra, sino que vino a buscarme’...- da paso a un mudéjar exquisito. De un cristianismo tan respetuoso, que aún acoge como un abrazo a un antiguo Mihrab sin tocar. Tan mismo Dios es, que la capilla del Sagrario se alza en la otra nave, con idéntica arquitectura. Todo envuelto en un enorme silencio y paz de donde emerge la cobardía irremediable... ‘aquí me quedo’. Porque a veces es imposible trasladar la quietud más allá de los artesonados. Vacía pero evidente, la Iglesia sin retablo alguno es un preescolar para encontrar a Dios. Si aquí no lo localiza nadie, mejor que no acuda al Barroco para creer. El Mudéjar andaluz fue la época de esplendor del Islam y el Cristianismo. Ningún Padre quiere ver separados a sus hijos.

Con la marcha se aleja su torre, abandonada, acaso cansada de llamar al hermanamiento. Al atravesar las murallas de Niebla se oye un espeluznante resorte: es sábado por la tarde, y el reloj sigue girando aquí fuera.
Niebla. Ruinas de la iglesia de San Martín