Para pronunciar Huelva es necesario esbozar una sonrisa, gracias a la 'e' que se encuentra en el centro de la palabra, como sosteniendo la ele, que no es otra cosa que el mástil de la Santa María. Al un lado, la Pinta, esa 'u' oronda; y al otro está la uve, la Niña viniendo de frente con una ola a babor, la 'a'. Pero Huelva empieza por hache y ésta es el muelle del Tinto: pasarela de hierro decimonónico hacia el cielo de su mar.
Para llegar a Huelva -como en Cádiz-, se ameriza en coche. Cuando la gente me pregunta por cómo es Huelva, como un resorte responde mi boca: 'agradabilísima'. La ciudad sin prisa pero sin pausa, gracias a su viento. La tierra servida en bandeja a los pies del altar del Conquero. La capital de la provincia en donde la Historia tiene tal peso, que Su Patrona es un cuadro y no madera: Sin perfiles ni puntos de vistas, como revelando una sola verdad.
Huelva es verde, blanca y azul. Ni dorada, ni plateada, porque no es fabricada sino nacida. Verde de la frondosidad de los árboles, por toda la ciudad repartidos; blanca del filtro de su sol, de paredes y de la piedra eterna. Blanca del Monumento al Descubrimiento, el mascarón de proa de la ciudad; y azul del Tinto y el Odiel. De la eterna lucha por la inalcanzable Novia, que tiene la cara de la Virgen Chiquita de la Cinta.
Huelva. El Conquero, con el monumento a la Cinta
Y la provincia de Huelva es una pirámide egipcia: conocida por fuera, pero con entrañas intactas. Y desde luego que Moguer fue el corazón de la dinastía... "Te llevaré Moguer, a todos los lugares y a todos los tiempos, serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los logreros, inmortal". Juan Ramón Jiménez dijo esto de su ciudad natal. Paseando por sus calles no extraña que lo último que salió de su boca antes de morir fuese 'Moguer'.
Es realmente fácil, no tiene mérito, amar a Moguer. La belleza de este lugar es tal que es necesario tocar las paredes para recordar que no es un sueño: Sus calles son limpias hasta el punto de molestar sus brillos, y su templo, la parroquia de Santa María de la Granada, se alza como la gran Catedral de la provincia. Allí, en torno a sus fiestas, se venera a la Virgen de Montemayor, su patrona. Hace falta estar detenido varios minutos ante su pequeñísima figura para cerciorarse de que, efectivamente, la Virgen no pestañea y es una escultura. Rebosa vida por todo su talle, por sus grandes ojos y por su inquieto Niño. Pulcra como el territorio de su Patronazgo. Entrañable como el monumento de la Coronación que le fue erigido en la plaza del mismo nombre.
En Moguer está el Monasterio de Santa Clara. Es la bula lacrada que da fe de la importancia de esta ciudad en el Renacimiento. Claustros, estancias y pasillos se suceden alternando la cal y el ladrillo, pero también hay pintura artística, algunas de sabor nazarí. Y de pronto, el templo, que alberga unos enterramientos únicos en el entorno andaluz. Sobrecoge y aún reverberan las voces de los sermones desde aquel altar. Si no fuese por una simpática perrita que campea por las naves, escurriéndose de la lluvia caída, parece que hubiésemos hecho los votos de viajar a través del tiempo.
Moguer. Monasterio de Santa Clara. Claustro mayor

Sin duda, volveremos.
Huelva, ciudad de luces, de sueños atlánticos, provincia mítica, descubridora, acogedora...
Quiero pisarte para oler tu mar, para sentir el abrazo de tu brisa...
¿Qué les parece? Quiero volver a Huelva :|
Marinero de muchos mares por navegar solicita barco hacia Huelva.
En Huelva está todo y, caso singular, la pompa del mundo nos hace ver nada.
(I HATE YOU, forense de las letras...)