Querido Juan:
La última vez que vine a verte aún estabas en coma. Aun inconsciente, necesitaba contarle a tu físico presente lo que sentía: mis impresiones sobre el accidente y mis deseos de mejora. Mis ganas de volver a hablar contigo.
Ahora que me miras a la cara, entubado pero vivo tras un letargo de meses; que me lees aunque no puedas hablar, me veo en la obligación de contarte lo sucedido desde tu trance. Mi versión, claro... Que después tu eres libre de hacerme caso o creerme. Aunque bien sabes que no mentiría a alguien que me ha visto desnudo y recién nacido.
Estas vivo y consciente y eso es lo básico; así que de entrada dale gracias a Dios. Tu vida ya no corre peligro. Pero tienes el cuerpo desfigurado: los médicos dicen que con lo que cotizas sólo te pueden arreglar la cara... ¡no, no hagas gestos! Sé que tu madre pensaba que lo cubría todo, pero ya sabes lo que pasa con la letra pequeña... y ahí la tienes por las calles llorando y pidiendo dinero para arreglarte los brazos y los pies. Entre tanto, algún listillo vestido de blanco, de esos que se creen Dios, dice que te dará el alta dentro de dos meses: alta sin brazos ni piernas, pero alta.
Todo el vecindario me manda recuerdos para ti: el carbonero, el de la droguería, la del puestecito, el de las alpargatas... esperan ansiosos tu llegada.
Tu ropa aguarda en el armario, como nueva, para volver a tocar tu piel. Las puertas de tu casa no ven el momento del crujir y de la apertura. Parece que la rabia hiciese a todos más fuertes y doblaran sus ganas por verte llegar.
Llegues como llegues, salgas como salgas, tú ante todo no te preocupes. Da gracias por vivir, que de los asuntos burocráticos nos ocuparemos nosotros. Aún no sabemos cómo, pero bueno. Lo que importa es que estés con nosotros.
Se te echa de menos.
servido por tambucho
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Como una presa que espera ser aliviada, así aguantan tus hojas, hojas que tienen envés.
Llegará el día en que se abrirán y llegará el momento del reconocimiento. Como una sala de partos, nos enseñarán el hijo a través del cristal y nosotros buscaremos cada uno, nuestro templo.
En una cantidad de metros -horizontales y verticales- es normal que cada uno tenga una visión de la iglesia de San Juan. En eso, y en los años de garbeo por estos muros.
Los pies del templo fueron mis tiendas y aceras... de una puerta a otra cortaba camino -parándome ante el altar mayor- y seguía mi marcha por la calle San Juan. Porque la calle se hace a la iglesia. Siempre dije que el desvío del trazado para salvar tan suntuoso edificio no era más que una pataleta del Urbanismo, humillantemente derrotado. La calle sigue por dentro: su vida, sus entradas, sus salidas, sus rumores y sus penas. Todo para que el Señor de los Ciegos no deje de hacer braille con las lágrimas de quienes le piden y la Virgen de los Dolores siga con el pañuelo desempañando el cristal de las penurias.
Ya no se matiza en aquella nave el destello verde de los ojos de la Paloma: la Historia fue agarrada por un Águila Imperial y ante tal animal, una paloma es indefensa. Y se la llevó. Pero ahora sigue llamando en aquella nave el Silencio. Si comienza en Cristo muerto y sin luz, acaba en el fogonazo que supone Cristo Vivo en casa de plata.
Muchos rincones recuerdo de la Iglesia: el hueco de San Nicolás, búho nocturno de peticiones impensables; la capilla del Buen Pastor, en donde por su tranquilidad, la humedad se retiraba a meditar; la escalera de caracol del retablo, que protestaba con crujidos, como guardando un secreto aún no revelado; el cartel de la inundación tapado por un confesionario, para así perdonar los pecados al clima... San Juan Bautista.
Mientras estos rincones esperan, yo también lo hago a través del cierro. Desde allí veo una esquina del templo, que no se inmuta mientras le broncea el sol. El mismo sol que parece que está quemando los billetes que faltan para restaurarla.
servido por tambucho
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