Categoría: Andalucía
31 Marzo 2008
No sé si mereces azotes, o tajarte las dos montañas que filtran el Darro, para que nunca más te veas desde lo alto. Quizás esto último sería muy cruel. Pero verdaderamente tus luces alienígenamente blancas sobre las cales mundanas son las que me hacen volver a este coso de la escritura.
El adoquín serio y en su papel, inamovible tras siglos, imperturbable por los perros que le mean; la pared muerta que expiró, lapidaria, una pintada; el gélido runrún del arroyo Darro, en donde los gatos ronronean mirando al paseo... Los felinos de Granada elevan su cuello para mostrar al Mundo que son muertos ya en el Paraíso. Que paseando por la tierra de la Alhambra, estamos esquivando parcelas de Vida Eterna, que el Reino de Dios tiene las calles nombradas (de manos de San Pedro y San Pablo; búsqueda de nombres retorcidamente inalcanzables) en azul sobre cerámica blanca.
Tú fuiste, Granada, una vez más, quien despertó mi amor por el blanco papel, hasta no sé cuándo. Fueron tus jardines aleatorios, y los farolitos de Rubik de la Gran Vía. También fue de nuevo el Albayzín, cuna del Mundo y origen de toda vida. Barrio por donde aún queda magma mezclado con la cerveza despeñados por el Lavadero de Santa Inés.
Ladera de Santa Ana y Cuesta Gomérez, cadena humana para evitar la avalancha del Castillo Rojo. La Chancillería le echa cojones, pero la trasera, que linda con calle Elvira, deja al descubierto las heces de la mole. Calle del Síndrome de Diógenes, en donde la basura de los andamios y las tapias convive con un Mundo en miniatura. Sí. He sido duro, su nombre más bien es calle de Babel.
Puerta del Vino, Palacio del quinto Carlos, iglesia de la Alhambra. Últimas calles de un itinerario cofrade. Sólo Dios pudo firmar aquí la Toma de Horas. Angustias estratégicas. Que si en el centro en Septiembre, que si en la Alhambra en Primavera. La inercia de Cristo hace caer Su cuerpo y sangre por las cuestas de San Cecilio. Favores de tres de la tarde.
Fuiste Granada tú, con tus ciclópeos palacios y casuchas pendientes de un hilo. Con tu frío artificial de los muros encarnados del Palacio y el calor de la calle Oficios; de la muchedumbre informe de plaza Nueva y la fantasmagórica quedada de Ánimas en el mirador de San Nicolás, de madrugada alta. Fuiste tú Granada una vez más, y no te quiero gastar. Pero la culpa es tuya y por eso, algún día, sí, está decidido, tajaré la montaña del Albayzín y eliminaré la de la Alhambra. Para que así nunca puedas verte. Para que jamás dejes tu ciudad huérfana, mientras gastas las madrugadas, sentada en las balconadas de cualquiera de las laderas.
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20 Abril 2007
El Sur no está marcado en ningún mapa, pero el Sur es nuestra ventana. Escuchar esa palabra de tres letras es dibujar en la ese la olas del Mar Nuestro aplaudiendo la arena de las Acacias de Pedregalejo; en la u, mecer y mezclar su aire blanco, para por la erre, como un grifo insaciable, expeler el aroma inodoro de lo elemental.
Hay Sur más al Sur que nuestro Sur, pero el norte de Australia no será más meridional que nuestra Bahía, aunque el mapa mundi nos deje por mentirosos. La condición de sureño -feo término para tan hermosa condición-, es un carisma que necesita tener el mar debajo, a los pies.
La luz de este Sur es blanca con pigmentos de plata y oro. Plata al Oriente, Oro del Occidente. La tierra gris de Nerja y Salobreña, y la sequedad de Cabo de Gata, la Finis Terrae andaluza; el oro de la arena de Cádiz y de los atardeceres de la filosófica y bohemia Huelva. Todo metal en aleación con el Mar, como un mandato de la Ley Divina.
En los puertos del Sur se alzan las Grúas, levantando la mano para pedir la palabra a la Alcazaba: Almería y Málaga, de siluetas gemelas, parecen repetirnos un paisaje, como una perorata desesperante para el ajeno, que machaconea: Como aquí, no se vive en ningún sitio... Ni tampoco se muere. La muerte en el Sur se adorna de chistes en velatorios y las penas se ahogan en eternas candelerías.
El Sur marca desde el bautizo. El Sur tiene un Campo que hace travesuras a espaldas de la Catedral de la Tacita. Desde el Mar del Sur se otea Doñana, que guarda la Virgen del Rocío tras una concha blanca con perla dorada. En el Sur, los monos campean el Peñón y se remueve la tierra de Marbella.
Y el Norte del Sur también cae como un tobogán hasta el inevitable mar. En la cordobesa Sierra de Aras nos subimos de puntillas intuyendo un azul brillante que no hay pero está. La Giralda aspira los olores de los barcos que entran desde Sanlúcar, sabedora que es elixir de la longevidad. En Granada parece que alguna vez hubo un Mar que dejo la eterna humedad de sus calles, el encarnado plateado de paredes y los adoquines, que sugieren un fondo marino: la Ciudad Abisal. En Jaén el agua se torna en verde, congelando su cielo de olivas.
El Sur, decía, son todos los lugares según se mire. Groenlandia tiene Sur, como la Antártida tiene Norte. Pero el Sur de verdad, todo el mundo sabe que está en el hemisferio Norte. Aquí: al Sur.
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15 Enero 2007
Santa Ana y La Carrera del Darro.
La grandeza de la Chancillería, con su imponente edificio, parece salvar de las masas turísticas el más hermoso de los barrios andaluces: el Albayzín. La plaza de Santa Ana es una amplia y homogénea transición entre la Granada urbana y la Granada de siempre. No es aquí el adjetivo puesto con el ánimo con que se usa. Cuando se dice “de siempre”, es desde el principio de su Historia.
En la plaza de Santa Ana se levanta la Iglesia de su nombre que comparte la titularidad con San Gil. La Iglesia, de una nave muy reducida y acogedora, tiene el ambiente impregnado de humedad, pues su pared izquierda cae contundente como un abismo hasta el río Darro... “por el agua de Granada solo reman los suspiros” decía Lorca. Suspiros que serpentean por la Carrera del Río; suspiros de tristeza. Tristeza, el Paseo de los Tristes. Único lugar del mundo en donde la pena es vida.
Los puentecitos del Darro parecen decorados de Belenes. El adoquín eterno gris, como todo el entorno, llueva o no, mira al cielo clamando silencio. Qué callada es Granada. Los puentecitos del Darro son un camino al cielo rojo, al símbolo de la Andalucía más profunda de sentimientos. Desafiando sin intimidar, mandando sin agresividad, la paz que desprende la Alhambra roja sobre el alfombrado verde no tiene parangón con ningún sueño.
Granada. Un afluente empedrado del Darro
El Realejo.
La calle Pavaneras es tímida y ni sus casas, ni sus estrechas aceras hacen imaginar que vaya a desembocar en un barrio tan amplio como el Realejo. Tan amplio como sosegado, como cansado por los siglos que han pasado por sus esencias y que bien conoció el Cristo de los Favores. A la derecha de esta calle, no sin la cierta intriga de alguna callecita previa, se abre la plaza de Santo Domingo, con su iglesia de fachada pictórica, extrañamente preciosa. Qué silencio la de esta plaza y la de los Campos... por aquel lado se va hacia el olvido del ruido. El gratuito y valorado silencio de una calle tranquila, en donde sólo de vez en cuando las ruedas de un coche pisan sus adoquines, mojados tras una fina lluvia, y parece hasta agradable... la Cuesta de Aixa.
El Realejo es una revuelta de callejas que se encaraman en una ladera. Abajo, como el gran humilladero de ese barrio, el Señor de los Favores en el Campo del Príncipe. El Señor escucha peticiones a diario, oliendo a flores frescas y al humo de las velas. Y el Viernes Santo, a las tres de la tarde, hora en que murió el Señor, aparece la Soledad de la Madre, y con Sudario en mano, parece ‘malaugurarle’ a su Hijo lo que ha de pasar. Delante, la cruz con Él. Detrás, el madero vacío. En medio, una Soledad rota de pena, que clama Piedad en tres gritos de campanada, en tres voces espeluznantes, tres campanadas en el silencio del Viernes de muerte.
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10 Octubre 2006
De El Rocío se ha dicho todo.
Pueblo fantasma fuera de mayo. Sólo un edificio palpita a diario, con circulación de gentes entregadas. Meca Blanca.
Al fondo, una Mujer vestida de Sol. Y es que Juan el Evangelista no mentía. Con doce estrellas sobre la cabeza y, a sus pies, la media Luna; y también el Mundo cuando llega Pentecostés. La Virgen pisando el Orbe. Una Inmaculada a la fuerza. Un Dogma entre la espada y la pared. Sin rechistar.
Y a las calles se echa en burbuja de plata. Envasada al vacío transparente. Nadie puede tocarla, sólo los más pequeños. Ellos no recordarán su tacto, pero es el truco de los padres para enviar su sangre a la Virgen, teniendo por emisario el cuerpo de sus criaturas. Desde ese instante además de tesoros, los hijos son relicarios.
La amanecida del Lunes. Por las callejas, confusamente, se multiplican viáticos al son de piteros: son los Simpecaos: bien en busca de la bendición de la Virgen, bien ya de vuelta. Sólo mirando sus caras se sabe si van o vienen: las lágrimas siempre limpiaron bien el polvo, aunque sólo fuese por surcos.
¿De El Rocío se ha dicho todo?
Cuando la Virgen opta por retirarse a Almonte, cada siete años, se pasa del Apocalipsis al Éxodo. Atrás queda el Maná de las Marismas y atraviesan los fieles el desierto oscuro sin destino aparente. En medio, sin orden ni concierto, se alza un espectro que va convirtiendo la polvareda en incienso. Y entonces será cuando la lona, blanca de Avemarías que arrastran pies, marcará la sístole y diástole de la respiración no producida, sino deseada. Ahí dentro está la Virgen del Rocío.
“El Rocío es juerga y diversión”. Nunca es malo, mientras no supere esto a los kilómetros de peregrinación. No hay ganas de juerga cuando se tose arenisca, se aprietan manos blancas, se siente al compañero que ni se ve y ante todo, se ha asistido al rito de ponerle el velo a la Virgen en el altar de la Aldea. Es una comitiva fúnebre, que recuerda la cara de la Madre del Rocío como si se hubiese ido para siempre. Las únicas horas en siete años en las que la imagen queda oculta. Se esconde debajo la extraña blasfemia, la desconcertante paradoja. ¿Estará el propio Pastorcillo rezándole a su Madre? Nadie sabe hasta qué punto Atenea está celosa de la Reina de las Marismas.
De El Rocío no se ha dicho nada.
El Rocío. Un Simpecado que vuelve, otro que La busca
Hilar El Rocío con La Rábida sólo es posible por medio de un denominador común: María. La Virgen de los Milagros, la que llaman los forasteros Santa María de La Rábida, no tiene ojos por los que mirar. Sin embargo, no es difícil sentirse observado por las vetas del alabastro cinco veces centenario. Alguien siempre me dice: “Ella lo ha visto todo”. No deja de ser curioso que me lo diga alguien que se llama Rocío. Pero es verdad: su pequeñez y monocromía hace surgir en los profanos la pregunta de siempre... “algo tiene que tener”. Y tanto: todo un continente defendiendo su figura como lanceros; y un Monasterio que queda huérfano cuando, por Agosto, la Virgen rememora su vida antes del Descubrimiento, entre las naves mudéjares de la parroquia de Palos de la Frontera. Cuando sólo era Milagros.
El Monasterio de La Rábida es una central nuclear de Historia. Su alto contenido en acontecimientos hace que al adentrarse en sus muros, se pueda observar el Milagro (muy propio) de que el lugar no estalle ante tal desborde, ante tantas cosas que contar. Su figura por fuera es austerísima, casi pobre. Desapercibida. Impecable para planear cambiar el rumbo de la Historia sin que nadie lo sepa. Aterroriza pensar que todos los mediodías, por aquel claustro de dos plantas, se sigue aún filtrando la misma luz que enfocó los paseos de Colón y los vaivenes de hábitos franciscanos. Sus estancias son caracolas: poniendo el oído en sus paredes aún reverberan, como olas de mar, comentarios, firmas y protocolos. A través de la ventana, se otea, abajo, el embarcadero con las tres carabelas de guardia: navíos vestidos de nazareno para imitar a sus deidades.
La real dimensión que La Rábida tiene, se comprueba a la salida: una violenta despresurización invade el cuerpo, emulando lo paranormal. La Máquina del Tiempo existe.
Palos de la Frontera. Claustro del Monasterio de La Rábida
Termina así una vuelta por la Huelva Descubridora. La única provincia que supo saltar bien la comba del Guadalquivir. La que está al otro lado. La Andalucía Ulterior. Las Indias Choqueras que hacen transformar a Andalucía en el Viejo Mundo y el Guadalquivir en el Atlántico.
La ciudad de la luz quieta en la plaza de San Pedro, de la sonrisa acristalada del Gran Teatro, del Ayuntamiento inamovible y de la Palmera que se hace reloj de Sol. De la Catedral mercedaria por dos espadañas presa, y de la Locomotora junto a las Monjas. La de los tejados negros del barrio Obrero y del llanto teñido verde de una única Esperanza. De un Conquero por mirador de amores, y del Monumento a la Fe Descubridora echado a la mar en busca de más tierra.
Una Huelva posible, tangible y creíble gracias a Sergio y a Jesús. Gracias por enseñarme a amarla. Enhorabuena por vivir sus amaneceres.
Huelva. Monumento a la Fe Descubridora
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4 Octubre 2006
Ayamonte es un reo en la cárcel que a través de la reja del Guadiana habla en un bis a bis con Portugal. De noche dicen que el río transporta botellas con mensaje en la lengua universal: el paisaje. Al fondo un castillo lusitano iluminado, el Castro Marín; enfrente, el campanario de las Angustias. Por las laderas se desciende como el final de un soneto, impaciente, hasta llegar al curso que besa el Atlántico. Vivir al borde de un país es dulcemente confuso: la equidad entre las matrículas de ambos estados confunden el lado en el que se está. Es más que tierra de nadie, tierra de todos. Una raza mestiza de portugueses con la gracia de Andalucía.
El pueblo es poliédrico: un embarcadero abajo y la iglesia del Salvador arriba, a modo de Balcón de Portugal. Por La Villa, su barrio más típico se desciende gozosa e irrefrenablemente hasta el muelle, parando antes en la ermita del Socorro, en donde el Nazareno, aquí llamado Padre Jesús, parece ser el abuelo que cuenta la Historia que sólo sus ojos vieron, siempre que la cruz se lo iba permitiendo. Por la noche, se alza como beso blanco, el triunfo de la Inmaculada. Tan Cieguecita no sería la de Montañés, que no hizo ascos cuando aterrizó a orillas del Guadiana.
Sus habitantes son finales, fronterizos. Es una raza intermedia entre lo costero y lo interior. Ser de Ayamonte es contener en sí una peculiaridad de cara a los demás. Es ser embajador y aduanero a la vez; por su mente campea un fado en andaluz, o quizá un fandango portugués. Cosmopolitismo rural, podría llamársele. Lo que es obvio es que nada recuerda a otro lugar. Ayamonte es literalmente única., pero pieza por pieza. Persona por persona. Ésa es la gracia.
Ayamonte. El barrio de La Villa, con el Guadiana al fondo
Orgullosa de su belleza, empero desconfiada por tal don, se esconde Niebla tras su muralla. Si hasta aquí vino, aún puede, ante una de sus puertas, valorar el viajero si es digno de adentrarse en su caserío. Toda una duda filosófica que emana como si lo hiciesen los humos de las chimeneas de los lares, a intramuros. Edén nazarí, aldea de Astérix o quizá una Troya andaluza.
En base a lo último, Niebla te recibe con mudas ruinas. Las de la iglesia de San Martín, mudéjar inmortal que malherida aún desafía y por supuesto impone. Menos a los nativos, familiarizados con su hiperbólico ábside, que juegan a la pelota de muro a muro, mientras la bicicleta descansa mirando la portada de piedra. Ambas se extrañan y revisan, pues no son contemporáneas. Pero ignoran que viven fuera de su tiempo.
La Granada. Ese es el nombre de la iglesia más hermosa de toda la provincia de Huelva. Lo primero que impone es el nombre de la calle en donde se alza: San Walabonso. Este Santo, paisano, es copatrono de Niebla junto a su hermana María, y ambos fueron martirizados en Córdoba en 851. En la misma calle, aunque mirando de reojo, se alza la hermosa Casa de la Cultura. El nombre acudió a su fachada como un toro al capote. La iglesia de Santa María de la Granada de Niebla tiene un compás y una puerta a medio abrir. Esas puertas que dicen ‘pasa’ como nunca las transmitirían esas que están abiertas hasta sus topes. El soniquete de rigor de sus bisagras -como un suspiro: ‘Por fin alguien no me encuentra, sino que vino a buscarme’...- da paso a un mudéjar exquisito. De un cristianismo tan respetuoso, que aún acoge como un abrazo a un antiguo Mihrab sin tocar. Tan mismo Dios es, que la capilla del Sagrario se alza en la otra nave, con idéntica arquitectura. Todo envuelto en un enorme silencio y paz de donde emerge la cobardía irremediable... ‘aquí me quedo’. Porque a veces es imposible trasladar la quietud más allá de los artesonados. Vacía pero evidente, la Iglesia sin retablo alguno es un preescolar para encontrar a Dios. Si aquí no lo localiza nadie, mejor que no acuda al Barroco para creer. El Mudéjar andaluz fue la época de esplendor del Islam y el Cristianismo. Ningún Padre quiere ver separados a sus hijos.
Con la marcha se aleja su torre, abandonada, acaso cansada de llamar al hermanamiento. Al atravesar las murallas de Niebla se oye un espeluznante resorte: es sábado por la tarde, y el reloj sigue girando aquí fuera.
Niebla. Ruinas de la iglesia de San Martín
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26 Septiembre 2006
Para pronunciar Huelva es necesario esbozar una sonrisa, gracias a la 'e' que se encuentra en el centro de la palabra, como sosteniendo la ele, que no es otra cosa que el mástil de la Santa María. Al un lado, la Pinta, esa 'u' oronda; y al otro está la uve, la Niña viniendo de frente con una ola a babor, la 'a'. Pero Huelva empieza por hache y ésta es el muelle del Tinto: pasarela de hierro decimonónico hacia el cielo de su mar.
Para llegar a Huelva -como en Cádiz-, se ameriza en coche. Cuando la gente me pregunta por cómo es Huelva, como un resorte responde mi boca: 'agradabilísima'. La ciudad sin prisa pero sin pausa, gracias a su viento. La tierra servida en bandeja a los pies del altar del Conquero. La capital de la provincia en donde la Historia tiene tal peso, que Su Patrona es un cuadro y no madera: Sin perfiles ni puntos de vistas, como revelando una sola verdad.
Huelva es verde, blanca y azul. Ni dorada, ni plateada, porque no es fabricada sino nacida. Verde de la frondosidad de los árboles, por toda la ciudad repartidos; blanca del filtro de su sol, de paredes y de la piedra eterna. Blanca del Monumento al Descubrimiento, el mascarón de proa de la ciudad; y azul del Tinto y el Odiel. De la eterna lucha por la inalcanzable Novia, que tiene la cara de la Virgen Chiquita de la Cinta.
Huelva. El Conquero, con el monumento a la Cinta
Y la provincia de Huelva es una pirámide egipcia: conocida por fuera, pero con entrañas intactas. Y desde luego que Moguer fue el corazón de la dinastía... "Te llevaré Moguer, a todos los lugares y a todos los tiempos, serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los logreros, inmortal". Juan Ramón Jiménez dijo esto de su ciudad natal. Paseando por sus calles no extraña que lo último que salió de su boca antes de morir fuese 'Moguer'.
Es realmente fácil, no tiene mérito, amar a Moguer. La belleza de este lugar es tal que es necesario tocar las paredes para recordar que no es un sueño: Sus calles son limpias hasta el punto de molestar sus brillos, y su templo, la parroquia de Santa María de la Granada, se alza como la gran Catedral de la provincia. Allí, en torno a sus fiestas, se venera a la Virgen de Montemayor, su patrona. Hace falta estar detenido varios minutos ante su pequeñísima figura para cerciorarse de que, efectivamente, la Virgen no pestañea y es una escultura. Rebosa vida por todo su talle, por sus grandes ojos y por su inquieto Niño. Pulcra como el territorio de su Patronazgo. Entrañable como el monumento de la Coronación que le fue erigido en la plaza del mismo nombre.
En Moguer está el Monasterio de Santa Clara. Es la bula lacrada que da fe de la importancia de esta ciudad en el Renacimiento. Claustros, estancias y pasillos se suceden alternando la cal y el ladrillo, pero también hay pintura artística, algunas de sabor nazarí. Y de pronto, el templo, que alberga unos enterramientos únicos en el entorno andaluz. Sobrecoge y aún reverberan las voces de los sermones desde aquel altar. Si no fuese por una simpática perrita que campea por las naves, escurriéndose de la lluvia caída, parece que hubiésemos hecho los votos de viajar a través del tiempo.
Moguer. Monasterio de Santa Clara. Claustro mayor
servido por tambucho
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