El Cristo es la magistral forma de tallar en madera una nube de incienso.
La Virgen, me dice Almudena que es ajena a todo lo que acontece alrededor.
El paso es un altar, en donde a Dios se le ofrece su Cordero. Sacerdotisa de San Agustín que entregas a tu Isaac, Dios proveerá y la Iglesia abrirá.
Plaza de la Compañía. Por Conde Cárdenas aparece la luminaria con metros de adelanto. Un Recuerdo: el tópico de la Virgen de Belén con su bebé en brazos, y ahora muerto. "Esperando a que Dios se lleve mi Delicia, lo que me queda de Noemí, toda Mara yo. Mi Niño, mi Sagrario".
Un sudario tambalea y nos da miedo, como un 'Coco' destinado a mayores de edad. La iglesia circular se estremece y Santa Victoria abre sus columnas, como la boca de quien se asombra. Abran paso por Juan Valera, que viene por alto la Virgen de las Angustias. Atrás queda el callejón, como después de una confesión. Medita Un Recuerdo que queda anidado en la torre de Silos.
No son capirotes los que tienden alfombra de cera al paso de la Ofrenda Mayor. Y la Judería espera.
Jesús Nazareno, y un sólo nombre, uno. Enrique Báez. La marcha que martillea la pena de la Virgen. La pena que nadie más abajo del calvario de rosas entiende. ¿Quiere empatía o mejor quizá sonido para no oir la frivolidad de las calles? Que si La Oliva, que si el tocado, que si miarma, que si mecanismo roto, que si últimaobradeMesa... "¿No véis a Quién llevo? ¿No véis lo que soy? ¿Adónde miran mis ojos desorbitados? Recoged los hilos del sudario que aprieta mi rabia, pero no os llevéis su sangre ni mis lágrimas, que de ahí mezcló Báez y creó el drama que acompasa mi tragedia. Y a San Agustín lo llevo, a ver si allí despierta"
Y sigue muerto. Por eso, el camino se hace cuesta arriba. Definitivamente muerto. La Madre se lo lleva a San Pablo. Mater Mea. Y Margot. Entonces, la Fuenteseca manó de nuevo agua, del lacrimal que desliza las paredes albas y beige, de las salamandras sobre faroles negriblancas. Tejados de un piso, y rejas de Don Gome y otros cordobeses. Dos veces seguidas soportando la Cruz de aquel cadáver... y sólo puede surgir la Salve Regina.
No fue Córdoba. No fueron sus calles; ni siquiera sus laberintos demoníacos; ni su Judería boicoteadora; ni la Puerta del Perdón; ni San Agustín, muda; ni tampoco fue nada, porque ni la Virgen de los Dolores hizo sombra ese día. No estaba.
Ese día fue Su llanto ausente de contexto. Ajena a todo, sí. Desde el viernes pasado comencé a mirarte de fuera hacia adentro. Mi último amor de verano, Tú, Angustias. Mi último amor.